Miedos que se esconden tras las excusas de los hijos adolescentes

Hoy dice que le duele la cabeza.
Ayer fue la tripa.
La semana pasada, que había dormido fatal.
Otro día, que estaba mareado.
Y otro, que tenía frío.

No grita.
A veces monta escenas.
Pero lo dice, como si no hubiera nada que discutir.

Y tú dudas.
Porque no parece estar bien del todo.
Tiene aspecto descuidado.
Se le ve apagado.
Se queja poco, pero siempre hay una excusa.

Así que cedes.
Le dejas quedarse.
Le dices que descanse.
Que mañana será otro día.

Y mañana…
pasa lo mismo.
Otra excusa. Otro “hoy no puedo”.
Y tú otra vez frente a la misma escena:
él tirado en su cama, con una manta y el móvil,
y tú en la puerta, con el abrigo puesto,
intentando decidir si insistes o si lo dejas pasar.

No parece grave.
No hay pelea.
No hay lágrimas ni portazos.
Solo evasión silenciosa.
Que se cuela en los días como el polvo.

Y cuando miras hacia atrás te das cuenta:
lleva dos días sin ir.
Lleva semanas sin ver a nadie fuera del instituto.
Lleva meses sin hacer nada nuevo.

Y cada vez hay una razón distinta.
Siempre razonable.
Siempre pequeña.
Siempre a tiempo para evitar.

No sabes si es ansiedad.
No sabes si es miedo.
Pero algo se te empieza a hacer bola por dentro.
Porque ya no sabes si cuidarle es dejarle,
o si dejarle es justo lo que le está encerrando.

Lo que no ves

No está mintiendo.
No se inventa los dolores.
Los siente.
Pero no tienen causa médica.
Tienen causa interna.
Y no sabe explicarla.

Lo que tiene no es una enfermedad.
Es una alarma encendida.
Una tensión que no se nota por fuera,
pero que por dentro le aprieta el cuerpo entero.

Le pasa con todo:
al salir de casa,
al pensar en llegar tarde,
al tener que hablar con alguien,
al enfrentarse a algo nuevo o imprevisible.

Pero no te lo dice así.
Porque ni él lo sabe.

Solo nota que si evita, se alivia.
Que si no va, el nudo se suelta.
Que si se queda, el cuerpo respira mejor.

Y así, sin planearlo,
va aprendiendo que todo lo que incomoda, se puede esquivar.
Con una excusa.
Con una queja leve.
Con una frase medio cierta.

Y tú, que no ves sufrimiento evidente,
vas dejando pasar.

No quieres empujarle.
No quieres agobiarle.
Pero cada vez está más lejos del mundo.
Y más hábil para evitarlo sin que parezca grave.

No lo hace por comodidad. Lo hace porque le funciona.

No, no es solo que sea sensible.
Ni que esté cansado.
Ni que tenga días raros.

Tampoco es vago.
Ni pasota.
Ni manipulador.

Pero sí está evitando.
Y lo está aprendiendo rápido.

Porque cada vez que se queja y se queda en casa,
el cuerpo respira.
La tensión baja.
Y su cabeza registra: “así se para el miedo”.

Y tú —sin darte cuenta— se lo confirmas.
No porque quieras,
sino porque también estás cansado.
Porque no quieres peleas.
Porque no parece grave.

Pero lo que empieza como “un día sin presión”,
se convierte en “otro día sin moverse”.
Y lo que suena a cuidado…
acaba siendo permiso para seguir alejándose.

Si no se corta ahora, se convierte en rutina. Y luego en identidad.

Esto no es una crisis.
Es un entrenamiento.
Cada vez que evita algo y no pasa nada, está entrenando a su cuerpo a esquivar.

Y lo que ahora parece una racha,
se puede convertir en la forma que tiene de vivir todo lo que le incomoda.

Hoy es una clase.
Mañana es una conversación.
Pasado es un cambio de planes, una discusión, un trabajo, una pareja, una decisión.
Todo le va a parecer demasiado.
Todo le va a generar el mismo nudo.
Y si no lo mira ahora,
va a terminar creyendo que es así.
Que no puede.
Que todo le supera.
Y que lo mejor es evitar.

Pero justo porque aún no está hundido,
justo porque todavía se mueve en otras cosas,
es el momento de cortar.

No para forzarle.
No para empujarle.
Sino para enseñarle que puede hacer cosas aunque no tenga ganas,
aunque tenga miedo,
aunque le cueste.

Si lo corta ahora, puede aprender algo que no se enseña en ningún sitio:
a no creerse todo lo que siente.
a moverse sin estar seguro.
a atravesar cosas incómodas sin romperse.

Y eso no le cambia la vida en un día.
Pero sí cambia el lugar desde donde la vive.

El monje y la cuerda

Un joven monje caminaba por un sendero de montaña con los ojos vendados.
Alguien le había dicho que al final habría un precipicio.

Cuando sintió el vacío bajo sus pies, gritó, se agitó…
y consiguió agarrarse a una cuerda.

Se quedó colgado, sin saber cuánto faltaba para caer.
Lloró. Suplicó.
Agotado, soltó la cuerda.

Cayó… solo medio metro.

El suelo había estado ahí todo el tiempo.

Muchas veces el miedo se construye sobre más de lo que realmente hay. Solo al soltar, se descubre que no era tan grave.

Frente al bloqueo

No es que tu hijo no quiera salir de ahí.
Es que no sabe cómo.
No hace falta empujarle.
Pero sí mover ficha.
Da el primer paso →

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No se trata de un servicio de psicología clínica; no se realizan diagnósticos ni tratamientos de trastornos mentales.