
En casa ya no hay grandes broncas.
Pero tu hijo no está bien.
No tiene ganas de nada.
No se ilusiona.
No empuja.
Hace lo justo para que no le digan nada
y se pasa los días sin interés por nada en concreto.
No parece triste del todo.
Tampoco enfadado.
Simplemente está apagado.
Y tú no sabes qué hacer.
Si insistir.
Si dejarle tranquilo.
Si esperar.
Lo único claro es que esto lleva tiempo así
y no se mueve solo.
Señales concretas (observables)
Esto suele notarse en cosas muy concretas del día a día.
En los estudios, cumple lo justo o empieza a arrastrar asignaturas.
No discute demasiado, pero tampoco se implica.
Hace lo mínimo para que no le llamen la atención.
En casa, pasa muchas horas en su habitación o delante de una pantalla.
No parece disfrutar especialmente de lo que hace,
pero tampoco muestra interés por cambiarlo.
Cuando le propones algo, responde sin ganas.
“Me da igual”, “luego”, “no sé”.
No entra en conflicto, pero tampoco se engancha.
Las actividades que antes le interesaban han ido quedando atrás.
No porque las rechace con enfado,
sino porque ya no le tiran.
No hay estallidos ni grandes problemas visibles.
Pero tampoco hay iniciativa,
ni ilusión por nada concreto,
ni pasos propios hacia ningún sitio.
Lo que suele pasar aquí
Cuando un hijo se apaga así, casi siempre aparecen dos impulsos.
Uno es empujar.
Insistirle más.
Animarle.
Recordarle lo que tiene que hacer.
Intentar sacarle de ahí a base de palabras, planes o presión.
El otro es retirarse.
Pensar que ya reaccionará.
Que es mejor no tocar nada para no liarla más.
Que quizá esto se pasará solo.
El problema es que ninguno de los dos caminos mueve lo que está pasando.
Cuando empujas, se cierra más.
Cuando te retiras, se queda solo con lo suyo.
Y tú acabas atrapado ahí,
entre insistir demasiado
o no hacer nada,
sin saber cuál de las dos cosas es peor.
Cuando esto no se arregla solo
Hay situaciones que se mueven solas.
Esta no suele ser una de ellas.
Cuando un chico pasa meses apagado,
sin empuje y sin dirección,
no suele ser cuestión de esperar un poco más.
No porque esté enfermo.
No porque haya algo grave.
Sino porque se va acostumbrando a vivir así.
Cuanto más tiempo pasa,
más normal se vuelve no tener ganas.
Más fácil es evitar.
Más cuesta volver a moverse.
Desde fuera puede parecer que no pasa nada.
Pero por dentro se va asentando una forma de estar
donde no elegir también es una elección.
Y cuanto más tiempo se mantiene eso,
más difícil resulta intervenir después
sin que todo se viva como presión o control.
Dudas que bloquean la decisión
Cuando un hijo está apagado, muchas dudas sirven para lo mismo:
seguir esperando.
“¿Y si es solo una etapa?”
Cuando pasa un mes, puede serlo.
Cuando pasan varios y nada cambia, esperar ya no es neutral.
“¿Y si ya reaccionará cuando quiera?”
Ahora mismo no quiere nada.
Ni reaccionar, ni elegir, ni moverse.
Eso también es una forma de quedarse quieto.
“¿Y si no quiere hacer nada?”
No querer hacer nada no significa que esté bien así.
Significa que ha dejado de sentirse capaz de empujar.
“¿Y si intervenir le presiona más?”
Lo que pesa de verdad es no esperar nada de sí mismo.
Eso no se nota en un día, pero sí con el tiempo.
“¿Y si no hacemos nada y se pasa?”
También eso es una decisión.
Y suele dejar el mismo resultado:
todo sigue igual.
Desde dónde intervengo
Cuando trabajo con chicos que están así,
no empiezo intentando animarles
ni preguntándoles qué quieren hacer con su vida.
Entro por donde ahora mismo están parados.
Por lo que evitan.
Por lo que aplazan.
Por lo que hacen sin ganas
solo para que nadie les presione.
No se trata de activarles a base de empujes.
Tampoco de dejarles a su aire.
El trabajo consiste en que empiecen a sostener algo,
aunque sea pequeño,
aunque cueste,
aunque no apetezca.
No para cumplir.
No para agradar.
Sino para recuperar la sensación
de que pueden hacer algo
aunque no tengan ganas.
Cuando un chico puede quedarse ahí
sin huir ni cerrarse,
empieza a pasar algo distinto.
No porque se le motive,
sino porque deja de sentirse incapaz.
Cuando seguir leyendo no cambia nada
Cuando un hijo lleva tiempo así,
leer y pensar ayuda… hasta que se convierte en una forma de no decidir.Este artículo sirve para poner nombre
a lo que está pasando.
No para moverlo.Si después de leerlo todo sigue igual,
no es porque falte información.
Es porque nadie ha entrado todavía
en el punto donde algo tiene que cambiar.Esperar un poco más
también es una decisión.
Y suele dejar el mismo resultado.Si necesitas ver
desde dónde trabajo estos bloqueos
y cuál es el primer paso posible
cuando seguir igual ya no es opción,aquí tienes el marco completo.
👉 ver cómo empezar una primera sesión
Y, si lo que ocurre en casa tiene otra forma,
puedes ver otras situaciones que también trabajo
→ situaciones que trabajo en terapia online para adolescentes
¿Debería preocuparme por lo que le pasa a mi hijo?
A veces lo difícil no es ponerle nombre a lo que pasa en casa.
Lo difícil es saber si estás exagerando
o si lo que ves ya no conviene dejarlo pasar.
Este recurso te ayuda a orientarte
para distinguir entre lo que es esperable en la adolescencia
y las señales que sí merecen atención.
No es un diagnóstico.
Es una forma de mirar mejor
antes de decidir si intervenir
o si observar sin hacer nada más.
→ ver si lo que le pasa a tu hijo es normal o merece atención
Cuando Intervenir
🗝️ La Caja
Valientes Posibles – Calle de Andorra, 22. 28043 Madrid.
No se trata de un servicio de psicología clínica; no se realizan diagnósticos ni tratamientos de trastornos mentales.
