No hace falta saber cómo.
Ni tener las palabras.
Ni inventar una estrategia.
Solo hace falta quedarte cerca sin ruido.
Hazle sitio en tu día sin pedirle nada.
Prepara su comida sin comentarlo.
Deja abierta la puerta aunque no entre.
Ofrécele silencio,
pero uno que no juzga,
que no vigila,
que no se ha rendido.
Y si en algún momento algo vibra,
aunque sea apenas perceptible,
no lo celebres como si por fin pasara “algo”.
Solo quédate.
Eso también es criar.
Saber estar cuando no se ve nada.
Saber esperar sin exigencia.
Saber que, aunque no suene,
el tambor sigue ahí.
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Si ya intuyes que no basta con esperar a que se le pase, y que es momento de recuperar el pulso real de tu hijo, puedes ver cómo trabajo esto contigo aquí:
→ Falta de motivación y desinterés por todo en adolescentes | Colmenar Viejo
