En una esquina de la casa,
casi tapado por una pila de ropa vieja,
hay un tambor.
Nadie lo toca desde hace tiempo.
Ni siquiera recuerdas bien cuándo dejó de sonar.
Quizá fue poco a poco.
Primero una semana sin tocarlo.
Luego un mes.
Luego un año.
Hasta que dejó de ser “su tambor”
y pasó a ser “ese trasto que ocupa espacio”.
Pero sigue ahí.
No se ha roto.
No se ha perdido.
Solo está en silencio.
Y aunque parezca dormido,
basta con rozarlo para que vuelva a vibrar.
No con fuerza.
No con ritmo perfecto.
Solo con una resonancia mínima,
suficiente para recordar que todavía hay algo dentro que puede sonar.
No hace falta saber la canción.
Solo hace falta tocar,
aunque sea mal.
Aunque sea sin ganas.
Aunque sea por probar.
Porque el tambor no necesita explicación.
Solo necesita contacto.
Tal vez ese tambor aún esté en silencio.
Pero si has llegado hasta aquí,
quizá ya no se trate de explicarlo más.Quizá ahora solo haga falta probar un gesto mínimo.
Uno que no lo despierte del todo,
pero que lo roce.
Página 4 de 5
Si ya intuyes que no basta con esperar a que se le pase, y que es momento de recuperar el pulso real de tu hijo, puedes ver cómo trabajo esto contigo aquí:
→ Falta de motivación y desinterés por todo en adolescentes | Colmenar Viejo
