En un rincón del parque,
en una calle sin nombre,
hay una piedra.
Nadie la mira.
Nadie la nombra.
No es bonita, o si.
No destaca, o si.
Está agrietada.
Marcada por el paso del tiempo.
Pero sigue ahí.
No se ha movido.
No ha pedido nada.
Solo ha aguantado.
Si alguien la tocara, vería que no está hueca.
Está firme.
No porque se defienda,
sino porque sabe estar en su sitio.
Así es tu hijo, aunque a veces ni él lo sepa.
Agrietado, quizá.
Inseguro, sí.
Pero con algo dentro que sigue resistiendo.
No necesita que le digas que vale.
Solo que lo mires sin intentar pulirlo.
Sin intentar convertirlo en algo que no es.
Porque hay heridas que no se tapan.
Solo se miran.
Y al ser miradas,
se vuelven parte de lo que sostiene.
Esa piedra puede tener grietas.
Puede haberse roto en partes que ya no se ven.Pero no necesita que la repares.
Si has llegado hasta aquí, quizá ya no busques arreglar nada.
Solo una forma real de estar cerca,
sin moldear, sin cincelar, sin pedirle que encaje mejor.
Página 4 de 5
Si ya sientes que tu hijo ha empezado a apagarse por dentro, y que necesita recuperar su forma sin exigencias ni máscaras, puedes ver cómo trabajo esto contigo aquí:
→ Baja autoestima e inseguridad en adolescentes | Hortaleza
