Cuando parece que ya no se reconoce

No es que lo esté pasando mal.
Tampoco parece que le duela algo concreto.

Pero hay un gesto en su forma de estar que ya no encaja.
Como si hubiera aprendido a funcionar sin estar realmente ahí.

Hace lo que debe.
Contesta lo justo.
Aprueba.
Se comporta.

Pero tú sabes —lo sabes—
que hay algo suyo que ya no está del todo.

No se permite molestar.
No pide.
No exige.
Y en esa forma educada de desaparecer,
va perdiendo lo más importante:
su centro.

No se compara porque quiera competir.
Lo hace porque ya no se reconoce si no es desde fuera.
Desde lo que piensan, dicen o esperan los demás.

Y no es falta de autoestima.
Es algo más hondo:
es no sentirse.
No pesar.
No tener raíz propia.

Lo ves cuando duda por todo.
Cuando se encoge al hablar.
Cuando hace chistes de sí mismo para no mostrar que hay partes que le duelen.

Y ahí estás tú,
intentando no decir mucho,
pero viendo cómo se va borrando un poco más cada día.

Este recorrido no busca levantarle.
Ni reforzarle.
Solo abrir espacio para que vuelva a ocupar su forma real.
Sin tener que rendir cuentas por ser quien es.

Puede que ya no quieras solo observarle desde fuera.

Puede que ahora necesites entender qué le pasa por dentro,
no para corregirle,
sino para mirarle sin distorsión.

No es inseguridad.
Es algo más profundo.

No es inseguridad. Es que ha dejado de sentirse por dentro.

Página 2 de 5

Si ya sientes que tu hijo ha empezado a apagarse por dentro, y que necesita recuperar su forma sin exigencias ni máscaras, puedes ver cómo trabajo esto contigo aquí:
→ Baja autoestima e inseguridad en adolescentes | Hortaleza