Imagina una piedra en mitad del campo.
No es grande.
No es lisa.
Tiene marcas.
Tiene grietas.
Parece que lleva mucho tiempo ahí.
Ha pasado el invierno.
Ha soportado lluvias, viento, golpes.
Y aun así, sigue en su sitio.
No destaca.
No brilla.
Pero sostiene.
Nadie la elige por su belleza.
Ni por su forma.
Pero si la intentas mover, cuesta.
Porque está enraizada.
Porque tiene peso.
Así es tu hijo, aunque ahora no lo parezca.
Puede que no se valore.
Puede que se compare.
Puede que se agriete cada vez que algo le duele.
Pero eso no significa que esté roto.
Solo que aún no ha recordado que su valor no está en ser perfecto,
sino en saber que, a pesar de todo, sigue siendo él.
No hace falta limar sus bordes.
Ni tapar sus grietas.
Solo hace falta que alguien —aunque sea una sola persona—
lo mire sin querer cambiarlo.
Y entonces, sin decir nada,
esa piedra empieza a pesar distinto.
Porque se siente en su sitio.
Porque empieza a reconocerse.
Quizá esa piedra no se mueva.
Pero si has llegado hasta aquí,
tal vez no estés buscando cambiarle,
sino encontrar una forma silenciosa de estar cerca
sin invadir, sin empujar.A veces no hace falta una acción grande.
Solo un gesto que lo mire sin exigirle ser distinto.
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Si ya sientes que tu hijo ha empezado a apagarse por dentro, y que necesita recuperar su forma sin exigencias ni máscaras, puedes ver cómo trabajo esto contigo aquí:
→ Baja autoestima e inseguridad en adolescentes | Colmenar Viejo
