Hay una esquina de la casa que apenas miras.
No es importante.
Está llena de cosas que no usáis.
Y ahí, entre libros viejos y algún cable suelto,
hay un tambor.

Era suyo.
Lo tocaba.
No bien, no siempre.
Pero lo hacía sonar.
Y cuando lo hacía, parecía otra persona:
con ritmo, con energía, con ganas.

Un día dejó de tocarlo.
No pasó nada especial.
Solo dejó de sonar.

Y el tambor se quedó ahí.
No se rompió.
No desapareció.
Solo fue perdiendo sitio.

Hoy nadie lo menciona.
Pero sigue ahí.
Esperando.
No para volver al pasado.
Sino para recordar que todavía hay algo que puede vibrar si se le toca con verdad.

No hay que convencerle.
Ni enseñarle.
Solo rozar.
Estar cerca.
Y tocar.
Aunque no suene.
Aunque no responda al principio.

El tambor no necesita explicación.
Solo necesita que alguien recuerde que aún está.

Tal vez ese tambor aún esté en silencio.

Pero si has llegado hasta aquí,
quizá ya no se trate de explicarlo más.

Quizá ahora solo haga falta probar un gesto mínimo.
Uno que no lo despierte del todo,
pero que lo roce.

Un gesto mínimo para hacer vibrar de nuevo

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Si ya intuyes que no basta con esperar a que se le pase, y que es momento de recuperar el pulso real de tu hijo, puedes ver cómo trabajo esto contigo aquí:
→ Falta de motivación y desinterés por todo en adolescentes | Hortaleza – Madrid